Urbanites

El ladrillo en la montaña rusa

Lo que está sucediendo en el sector inmobiliario es cíclico, los ciclos de la economía. Las crisis, sean profundas o sean ligeras, tienen su eco en los precios, alteran la oferta y la demanda, y consecuentemente, el mercado debe realizar los cambios necesarios para adaptarse. Adaptarse o morir.

Para ÛRBANITES, lo que está meridianamente claro es que el precio de la vivienda ya estaba en su techo máximo antes de la pandemia, vivíamos una bonanza cogida con pinzas. En muy pocos años el precio de la vivienda había subido exponencialmente sin atender a ninguna razón lógica más que la inercia resultadista de la inversión extranjera, subidas rápidas que estaban premonizando un nuevo caso de burbuja inmobiliaria doméstica. Cuando los sueldos no suben pero todo lo demás sí es sólo cuestión de tiempo, cualquier turbulencia social, laboral o económica tiene un efecto directo sobre el precio de la vivienda. Vivimos en un país cuyo modelo de negocio se sostiene sobre dos pilares básicos, ladrillazo y turismo. El efecto dominó está servido, con que falle una pieza las demás caen detrás. Si caen las dos, recoge y vámonos.

España es un país con una gran enfermedad, la “turismodependencia”. El COVID-19 ha puesto de relieve la peligrosidad de basar la economía en sectores volátiles, sectores que se ven afectados por cuestiones geopolíticas, sanitarias o de seguridad. Los bloqueos y cierres de fronteras actuales están magnificando un problema aún mayor, la increíble dependencia de la economía española en el turista extranjero, un turista con gran poder adquisitivo y que en muchos casos se acaba convirtiendo en inversor inmobiliario, alimentando el otro gran sector que sustenta nuestro sistema.

Proyectos de ÛRBANITES

Siempre se suele mirar al inversor o comprador extranjero desde un solo punto de vista, el especulativo. Olvidamos que el desarrollo de zonas abandonadas, marginadas históricamente, zonas degradadas e incluso peligrosas (como El Cabanyal en Valencia o la Barceloneta en Barcelona), gracias a la apuesta de este tipo de compradores ha conseguido optimizar y armonizar zonas olvidadas y en desuso. Los inversores son grandes apostadores, como demuestran algunos de los proyectos que hemos llevado a cabo desde ÛRBANITES. Apuestan cuando el precio es bajo aunque el riesgo sea alto. Se trata de inversiones a largos años vista, a fondo perdido, y en zonas con alto margen de mejora pero con un gran atractivo, la playa. Compran cuando el diamante está recién sacado de la mina y todavía no está tallado ni pulido. Hay quién ve un diamante y quién ve una piedra, esa es la diferencia entre un inversor y un comprador al uso. La especulación es la consecuencia de la inversión, no la causa.

En estos momentos, debido a la caída del turismo y a las restricciones de movilidad de los ciudadanos extranjeros, el precio de las viviendas va a estar condenado a ajustarse en caso de que esta situación se dilate en el tiempo. Vivimos en un país de salarios precarios, de crédito débil y de trabajo inestable. Una mala combinación.
Por tanto, ahora, como consecuencia de la pandemia, nos encontramos ante una situación incierta, una situación errática del mercado. Vendedores que quieren recapitalizarse para financiar sus empresas o para obtener una liquidez inmediata; compradores que buscan hipotecas antes de que puedan cambiar sus situaciones laborales, e inversores que esperan que caiga el precio como agua de mayo. Una calma tensa, una ruleta inmobiliaria en toda regla.

La incertidumbre es el pan nuestro de cada día. Por un lado, tenemos una pandemia mundial sin fecha de caducidad previsible y con unas consecuencias económicas y laborales inciertas. Para los países con un tejido económico equilibrado, es decir, países con una buena proporción entre sector primario, secundario y terciario, esta crisis será pasajera y la activación de la economía será más suave, más progresiva, países con un teletrabajo arraigado y con una conciliación familiar perfectamente adaptada.

Polarización de la economía

En países como el nuestro la perspectiva es menos optimista. La polarización de la economía a sectores poco productivos y de escaso valor añadido nos lleva irremediablemente a la situación que vivimos, una destrucción empresarial y de puestos de trabajo en masa. El termómetro es claro, tenemos pymes frágiles, con una presión fiscal alta, costes salariales inasumibles y sueldos precarios, conciliación familiar nula y el teletrabajo en busca y captura. La caída libre va a durar lo que dure la pandemia y el efecto rebote será antológico. A mayor duración de esta situación mayor destrucción del tejido económico, una destrucción difícil de recuperar.

Y por otro lado, tenemos una situación cuyos efectos en nuestra economía va a ser toda una incógnita: el Brexit. España es uno de los países europeos con mayor número de ciudadanos británicos viviendo en nuestro país y uno de los que mayor número de turistas británicos recibe al año. Las limitaciones en derechos y las restricciones en su libre movilidad dentro del territorio Europeo como consecuencia del Brexit va a provocar un pequeño terremoto en nuestras arcas públicas. En igualdad de condiciones (precios económicos, playa, sol y pasaporte) tenemos muchos otros competidores fuera de la Unión Europea que nos ganan por goleada y que van a poner una alfombra roja a estos turistas gustosamente. Además, esos países no tienen que rendir cuentas a ningún ente supranacional sobre cómo adaptar su normativa para facilitar la llegada de turistas e inversores extranjeros a sus puertas.

La moraleja a todo lo anteriormente expuesto es clara, mientras no cambiemos el modelo productivo de este país, nuestra economía estará a la merced de factores económicos que escapan a nuestro control, y como consecuencia la especulación, las mordidas, el turismo de borrachera y las crisis cada diez años seguirán siendo marca España, producto registrado.

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